El Gobierno de Claudia Sheinbaum enfrenta un momento de redefinición simultánea en política exterior y energética, marcado por decisiones de alto costo político y estratégico. Por un lado, la designación del nuevo canciller Roberto Velasco Álvarez inaugura una etapa diplomática compleja, con el eje puesto en la relación con Donald Trump, la renegociación del T-MEC, la migración y el combate al narcotráfico. A ello se suman tensiones con la Organización de las Naciones Unidas por el tema de desapariciones forzadas, así como múltiples frentes abiertos —desde Medio Oriente hasta Cuba— en un contexto de debilitamiento del multilateralismo. Velasco deberá gestionar esta agenda en medio de limitaciones estructurales, como la debilidad de la red consular, y con el desafío de equilibrar soberanía, cooperación y presión internacional.
En paralelo, el Gobierno ha dado un giro significativo en materia energética al abrir la puerta al fracking para reducir la dependencia del gas estadounidense, en una decisión que refleja un viraje pragmático frente a su anterior postura ambiental. La estrategia, respaldada por planes de Petróleos Mexicanos (Pemex), busca explotar vastas reservas de gas no convencional mediante inversión público-privada, pero ha generado fuertes críticas de organizaciones como la Alianza Mexicana Contra el Fracking, que advierten sobre sus riesgos ambientales y su impacto en zonas con estrés hídrico. Así, la administración de Sheinbaum combina una diplomacia bajo presión con una apuesta energética controversial, que tensiona su identidad política y evidencia el difícil equilibrio entre soberanía, crecimiento y sostenibilidad en un escenario global cada vez más incierto.
El Gobierno de Claudia Sheinbaum enfrenta un momento de redefinición simultánea en política exterior y energética, marcado por decisiones de alto costo político y estratégico. Por un lado, la designación del nuevo canciller Roberto Velasco Álvarez inaugura una etapa diplomática compleja, con el eje puesto en la relación con Donald Trump, la renegociación del T-MEC, la migración y el combate al narcotráfico. A ello se suman tensiones con la Organización de las Naciones Unidas por el tema de desapariciones forzadas, así como múltiples frentes abiertos —desde Medio Oriente hasta Cuba— en un contexto de debilitamiento del multilateralismo. Velasco deberá gestionar esta agenda en medio de limitaciones estructurales, como la debilidad de la red consular, y con el desafío de equilibrar soberanía, cooperación y presión internacional.
En paralelo, el Gobierno ha dado un giro significativo en materia energética al abrir la puerta al fracking para reducir la dependencia del gas estadounidense, en una decisión que refleja un viraje pragmático frente a su anterior postura ambiental. La estrategia, respaldada por planes de Petróleos Mexicanos (Pemex), busca explotar vastas reservas de gas no convencional mediante inversión público-privada, pero ha generado fuertes críticas de organizaciones como la Alianza Mexicana Contra el Fracking, que advierten sobre sus riesgos ambientales y su impacto en zonas con estrés hídrico. Así, la administración de Sheinbaum combina una diplomacia bajo presión con una apuesta energética controversial, que tensiona su identidad política y evidencia el difícil equilibrio entre soberanía, crecimiento y sostenibilidad en un escenario global cada vez más incierto.
inf lopez doriga